Mirada crítica del Círculo de Empresarios a la educación en España
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"Hacia un nuevo sistema educativo. Bases para la mejora de la enseñanza obligatoria" es el informe recientemente publicado por el Círculo de Empresarios en el que se aborda una de las claves del progreso y la prosperidad de cualquier sociedad: el sistema educativo.
Con la aparición hace un año del documento “España ante el nuevo paradigma de la competitividad”, el Círculo de Empresarios iniciaba una serie de publicaciones relativas a un fenómeno que refleja gran parte de los problemas de nuestra economía: la progresiva pérdida de competitividad.
La calidad de la educación es de una importancia capital en cualquier sociedad moderna. Por un lado, un alto nivel de calidad en la educación hace ciudadanos más cultos, más críticos, más libres y más adaptables a todo tipo de cambios, incluyendo los económicos. Una enseñanza de calidad para todos es también un factor clave para la cohesión social y para favorecer la igualdad de oportunidades. Por otro lado, una sociedad mejor educada es una sociedad más competitiva en el terreno económico. Así, el mayor capital humano redunda en ganancias de productividad y eficiencia que favorecen tanto al individuo como al conjunto de la sociedad.
Sin embargo, para poder dotar a los ciudadanos de la necesaria adaptabilidad respecto a los cambios, el propio sistema educativo debe contar con una flexibilidad de la que hoy carece. Este es uno de los retos principales a que se enfrentan los sistemas educativos europeos, puesto que deben ser capaces de reaccionar ante la multitud de cambios en el entorno en que desarrollan su actividad.
En primer lugar, la transformación demográfica y sus evidentes consecuencias para los sistemas educativos. En efecto, la caída de la natalidad ha provocado un acusado descenso en el número de alumnos que ocupan las aulas, lo que obliga a buscar nuevas fórmulas para un mejor aprovechamiento de unos recursos aparentemente más abundantes. Asimismo, y en combinación con la mayor esperanza de vida, el descenso de las tasas de fertilidad origina el envejecimiento de la población, lo que exige un mayor énfasis en el denominado “aprendizaje permanente”, es decir, en la actualización continua de las habilidades y conocimientos a lo largo de toda la vida laboral. A estos cambios se suma la fuerte incorporación de alumnos inmigrantes, cuyas necesidades educativas y de integración precisan de recursos específicos, adecuados a las particulares demandas de estos estudiantes.
En segundo lugar, en un contexto caracterizado por la globalización y el avance imparable de las tecnologías de la información y la comunicación, Europa ve aparecer nuevos competidores no sólo en sectores manufactureros intensivos en trabajo poco cualificado, sino también en industrias de mayor contenido tecnológico. Estas circunstancias obligan al viejo continente a adoptar estrategias que le permitan participar en el desarrollo y aplicación de los avances científicos y tecnológicos, algo que sólo será viable con un sistema educativo de calidad.
En tercer lugar, la incorporación de los países de Europa Central y del Este y Asiáticos de forma muy activa a nuestra economía globalizada está incidiendo también en la educación. Muchas de estas sociedades, en especial, las asiáticas, valoran enormemente el esfuerzo, la iniciativa, y la capacidad de superación del individuo. Esto contrasta con muchas sociedades europeas que, al haber alcanzado en las últimas décadas altas cotas de bienestar, se han vuelto menos exigentes. Evidentemente, el sistema educativo, de forma aislada, no puede transformar la sociedad, pero sí contribuir a que nuestros jóvenes comiencen a valorar la importancia del esfuerzo constante, el afán de superación y la consecución de objetivos.
Todos estos cambios suceden además en un entorno complejo, dada la decreciente implicación de la sociedad en el proceso educativo y la quiebra de la estabilidad y el orden en los centros escolares, con serios problemas de disciplina que interfieren en la labor docente.
El caso español, más allá de los retos comunes a toda Europa, se caracteriza por una serie de problemas específicos. Desde mediados de los años 70 se ha realizado un enorme esfuerzo para cubrir las notables deficiencias que presentaba la educación española. Los resultados han sido sin duda positivos, pues se ha permitido la incorporación al sistema educativo de un elevado volumen de alumnos. Este enorme esfuerzo de inclusión ha requerido dedicar casi todos los recursos al incremento de la dotación humana y de infraestructuras del sistema, de modo que el gasto en educación no ha podido enfocarse a la mejora de ámbitos en que otros países llevan tiempo invirtiendo, como la formación continua de los profesores o la integración de alumnos inmigrantes. Pero este es sólo uno de los factores que explican la insuficiente calidad de la educación española, puesta de manifiesto a través de las elevadas tasas de abandono de los estudios y de los malos resultados que nuestros estudiantes obtienen en pruebas internacionales. A su vez, esta insuficiente calidad se añade a otros elementos, como el escaso desarrollo de la formación profesional, para provocar un claro desajuste entre la preparación de los trabajadores y lo que las empresas demandan.
La educación española está, por tanto, necesitada de reformas significativas que, una vez superados los problemas cuantitativos, permitan centrarse en los cualitativos. La tarea no es fácil porque, como demuestra la evidencia internacional, para elevar la calidad del sistema educativo no basta con un simple incremento de gasto. Se trata, además, de reformas que habrán de hacerse teniendo muy en cuenta los nexos entre educación, sociedad y economía. Los alumnos saldrán a un mundo y a un mercado de trabajo cada vez más dinámicos y competitivos, donde flexibilidad y adaptabilidad serán componentes imprescindibles para una formación de futuro. Al igual que en otras esferas de la vida de un país, en este caso tampoco existen fórmulas únicas que garanticen el éxito de las reformas.